Mundo Perigeo

Eduardo Fanegas de la Fuente

Mis novelas

Saga Perigeo #2

Perigeo Rojo

Cruce de Caminos Ediciones (Enero 2020)

“Su nombre era Esther. Supe desde el primer momento que era ELLA, pero estaba fuera de mi alcance. Sabía que era una chica que jugaba en primera división y yo no tenía nada que ofrecer dentro de su mundo. Inteligente, divertida, guapa a rabiar y con el glamour suficiente como para hacer cualquier cosa y quedar siempre bien.Todos la miraban con admiración y deseo. Y no sé cómo, ni por qué, acabó fijándose en mi...

Hubiese sido una bonita historia de amor salvo por el hecho de que, entre otras cosas, se viera interrumpida por los signos del Apocalipsis. Y por desgracia yo era el elegido para evitar el fin del mundo.”

Saga Perigeo #1

Perigeo Azul

Edición Ampliada

Cruce de Caminos Ediciones (Noviembre 2019)

Pocas personas podrían imaginar que bajo los vestigios de lo que un día fue el Palacio del Buen Retiro de Madrid, se hubiera construido un complejo gubernamental de alto secreto. ¿Quién iba a suponer que bajo sus cimientos se albergarían hoy día los mayores secretos y encerraría a los hombres más peligrosos del mundo?

El Preso del Agua era uno de ellos y consiguió lo imposible. Escapar. Durante su huida se nos desvelará su sorprendente historia que, a través de unos extraños sueños, le llevarán a un pequeño pueblo del Pirineo Aragonés.

Al mismo tiempo Rodrigo, un universitario recién llegado a tan remoto lugar, se empieza a dar cuenta de que el pueblo oculta un secreto muy antiguo y bien preservado. Pronto se verá envuelto en una aventura que cambiará su vida y su forma de ver el mundo tal y como lo conocemos ahora.

Colección de Relatos

Preludios y Secretos

Interludio

Cruce de Caminos Ediciones (Diciembre 2019)

Preludios y Secretos es una antología que contiene más de 70 relatos, microrrelatos y cuentos. Cada cicatriz, cada arruga o marca en la piel tienen una historia que contar. Y muchas de ellas van acompañadas de bocetos y dibujos del propio autor y de reconocidas ilustradoras y amigas, como Gretna Vásquez o Beatriz Moreno, que le han acompañado en este maravilloso viaje literario a lo largo de los años. También encontrarás reflexiones, pensamientos y algún que otro secreto que te abrirá las puertas de Mundo Perigeo.

El portal está abierto ¿No lo vas a cruzar?

Colección de Relatos

Doce meses y un año bisiesto

Varios Autores

Wave Books Editorial (Febrero 2020)

Hay letras que esperan años, muchos, para salir a la luz. Descansan en las sombras a que sea el momento exacto, el perfecto, el que estén destinadas a dejarse leer. Esta antología es mucho más que un compendio de horror, locuras, miedos, pasadizos o viajes por estilos tan dispares: es una odisea que empezó mucho antes que la Ola misma creara vida, y ahora, hoy, este año Bisiesto, es su año...Aquí no hay coordinador, hay creadores y criaturas: nació de una idea de dos mentes, una con S y otra con C que hoy se quedarán ellas en la sombra que abandona la creación, observando como, con maestría, este conjunto de autores sin par desatan la tempestad en mar abierto que solo acaba de empezar. Colgad el calendario en la pared. Sentaos en una silla frente a sus números, y abrid el libro. Bienvenidos a los meses que marcarán vuestras vidas.

Eduardo Fanegas de la Fuente

Nací en el ascensor de un hospital de Madrid, pero crecí y estudié en la cervantina ciudad de Alcalá de Henares. Siempre vinculado a la literatura exploré otras disciplinas como la pintura y la música. Pero por circunstancias de la vida acabé licenciándome en Biología por la UAH y me reciclé como informático en una importante multinacional.

Me

No obstante no dejé de escribir nunca. Publiqué mi primera novela en 2011 y tras varios experimentos literarios (los dos últimos bajo seudónimo) he vuelto a publicar con mi nombre real para traeros una serie de novelas de fantasía contemporánea.


Eduardo Fanegas. Escritor.
Emma Sagen. Cronista.

Mis crónicas

2022

 

Puedo dejar las cosas tal y como están. Volver dentro de un mes, un año o tres. O nunca. Nadie iba a notar la diferencia. Podría abandonar todo esperando que algún día pueda ser capaz de retomar todo donde lo dejé. Pero ya llevo un año sin poder escribir una sola palabra de la novela que tengo pendiente. Intenté hacer ejercicio con la historia de Sandra aquí en el blog, pero hasta con eso me he visto derrotado.

 No soy de los que tiran la toalla y dejan todo así, sin decir nada. En otras ocasiones lo que he hecho ha sido intentar reconstruir mi mundo para tomar nuevo impulso. A veces me ayudaba dar un aire nuevo a la página web, inventar personajes como TeodoroDorotea o el propio Grafitero Fantasma. Pero sé que esta vez todo es muy diferente. No tengo tiempo, no tengo ganas, no tengo fuerzas.

Es más. Estoy escribiendo esto ahora mismo y no sé aún lo que voy a hacer. A veces me levanto por la mañana con la intención de cerrar todas mis redes sociales, eliminar todas mis páginas web y desaparecer. No vale la pena. Otros días pienso que debería hacer un último esfuerzo, que tantos años de trabajo e ilusión no pueden acabar así. Me digo eso de Fanegas never say die... y luego me rio y lloro.

¿Qué voy a hacer? No lo sé. Solo quería decir en voz alta todo lo que me da vueltas en la cabeza. Supongo que con el tiempo se verá. On the way.


Un cuento a la hora de dormir

  

Uno de los mejores momentos del día es cuando le leo un cuento por las noches a mi hijo antes de dormir. Es algo que empezamos hacer desde muy pequeñito. Antes de que empezase a preguntar por las letras mientras escuchaba el relato tenía dos frases con las que me interrumpía siempre: 

 ¿Qué es eso? preguntaba con su vocecilla y ese tono tan gracioso que aún repetimos como broma particular.

 ¿Qué pone ahí? señalaba con su dedito.

 Ahora que es más mayor y ya sabe leer intercalamos días en los que le sigo leyendo un cuento y otros en los que nos tumbamos juntos en su cama cada uno con su libro. Ahora me sigue interrumpiendo pero ahora es para preguntarme por el significado de palabras o expresiones más complejas. Bueno también me interrumpe para ver por qué página voy y decirme cuánto ha leído él como si fuese una carrera, pero yo siempre le digo que no se trata de eso, si no de disfrutar de la aventura y de cada página.

 No importa lo cansado que esté. Leer es algo maravilloso y compartir ese momento con mi hijo me encanta. Y lo mejor de todo es que veo cómo disfruta también él.

Espero que vosotros, si tenéis niños, disfrutéis con ellos de un cuento a la hora de dormir.


La Historia de Sandra: Cuatro

   
 Sandra estaba enfada, cabreada, avergonzada. No se podía creer lo que acababa de ocurrir. ¡Aquel tipo le había puesto las manos encima! ¡La había visto medio desnuda y encima se había reído de ella! Quería que despidieran a aquél degenerado por tocarla, por acosarla… ¡Por existir! Cogió el bikini, se envolvió en su toalla y sin pensarlo dos veces fue corriendo hacia la recepción del hotel.

    Oyó decir algo a aquel monstruo a sus espaldas según salía de la palapa, pero no quiso oírlo. Incluso se cruzó con Carola, la masajista que la había recibido y no la arrolló de milagro en su precipitada huida. Porque sí. Estaba huyendo descalza de aquella incómoda y terrible situación.

    Al poco se plantó frente al mostrador apartando sin pensar a algunas personas que estaban allí. Su respiración estaba acelerada. Las aletas de su nariz se abrían y cerraban con furia.

    —¿Ocurre algo señorita? —el tono de preocupación en la voz del recepcionista era más que evidente.

    Sandra abrió la boca y no supo qué decir. Y eso pocas veces le ocurría. Quizá por eso mismo. Estaba tan alterada y ofuscada al mismo tiempo que el resultado estaba siendo un bloqueo en todos los sentidos. Y nunca mejor dicho:

    “Me han dado un masaje maravilloso pero resulta que el autor ha sido ese tipo que me quitó el asiento en el avión…”

    ¡No! ¿Cómo voy a decir eso? ¡Se me va la olla! —pensó.

    “Me he dormido en la palapa porque sus manos son increíbles, pero ha dicho que ronco y, vale, puede que eso sea cierto….”

    —¡No! ¡Tampoco puedo decir eso! Pero… ¿Qué me pasa? Le odio, quiero se vaya. Quiero que no me vuelva a mirar, ni que me tome el pelo de esa manera. —Siguió divagando para sus adentros.

    —¿Se encuentra bien señorita?


    Su boca seguía abierta incapaz de decir nada. Notaba cómo la sangre se agolpaba en su rostro y la mirada confusa de todos los que se encontraban en la recepción se centraban en ella. Debía parecer una loca allí plantada con solo una toalla cubriéndole el cuerpo y el bikini aún en la mano.

    En ese mismo momento Carola apareció justo detrás de ella.

    —Yo me encargo —dijo dirigiéndose al sorprendido recepcionista con la misma tranquilidad que transmitía al dar un masaje. —Por favor, acompáñeme.

    —No. Quiero que le despidan —consiguió decir por fin.


    Dos horas más tarde Sandra se encontraba tumbada en la cama de la habitación. La tele estaba encendida y emitían una película que le encantaba y había visto varias veces: Into the night. Siempre se decía que ya no se hacían películas así. Jeff Goldblum y Michelle Pfeiffer estaban sublimes. Quería volver a verla para no pensar en nada, pero no podía concentrarse. No podía quitarse de la cabeza lo ocurrido aquella mañana. Se sentía extraña, más que avergonzada, y no podía evitar tener la sensación de que durante la comida todos la habían mirado por el escándalo que había montado en recepción. Y todo por culpa del tipejo del avión que resultó ser un masajista de primera en el hotel en el que se hospedaba. Se llamaba Miguel. Eso le dijo Carola, que era su encargada. Y no sabía cómo la había convencido ya en su despacho, no solo para dejar pasar el altercado, sino también para que aceptara una invitación para sentarse los tres y viera que no era el monstruo que había creído ver en él. No entendía como una mujer tan menuda y joven podía transmitir tanta firmeza.


    Un café. Sólo es un café esta tarde. Se decía. Miró su reloj de pulsera que había dejado en la mesilla. Faltaba poco para “conocerse y limar asperezas”, aunque ella no creía que eso fuera a ocurrir. Pasaría el trago. Y el resto de sus vacaciones tenía muy claro que no iba a volver a darse un masaje ni acercarse a él. Quizá no se diera un masaje nunca más en su vida.

    Sandra intentó centrarse de nuevo en la película. Pensó en cómo te puede cambiar la vida cuando por azar se cruza alguien en ella. Sin saber por qué no pensó en todo lo que había ocurrido en los meses anteriores. En su lugar extrapoló la situación de los personajes y no pudo evitar identificarse con el papel que interpretaba Jeff. Ella había escapado al paraíso para intentar encontrarse a sí misma y no paraba de toparse con aquel entrometido desde que tropezó con él en el aeropuerto de Madrid. No obstante no esperaba llegar a los extremos de la película aunque irónicamente ya hubiese vivido algo mucho peor en un pasado reciente.

    Volvió a mirar la hora. ¿Qué me pongo? Pensó. ¿Cómo que qué te pones? Dijo otra voz en su cabeza al instante. Se sorprendió a sí misma. Aquello no era una cita ni nada parecido. Era una reunión con aquel desagradable ser y su jefa. Su mente guardó silencio hasta que otra vocecilla oculta se alzó. Tienes que reconocer que el masaje que te dio fue increíble. Menudas manos. ¿Te imaginas...
    
    ¡¡No!! No podía permitirse llevar por aquellos pensamientos. ¿Estaba loca? Se puso en pie de golpe y se fue hasta el armario donde había colgado toda su ropa. Al abrirlo se encontró con la blusa y el traje pantalón con el que había viajado y que él le había manchado. Al llegar al hotel lo había mandado limpiar pero ella podía ver todavía un pequeño rodal donde se había manchado. Puede que no estuviese realmente ya allí. Pero ella seguía viéndolo.

    —Ya sé que me voy a poner.

 
   En el resort había seis restaurantes, cuatro bares y una acogedora cafetería llamada Mike´s Coffee. Ella la había visitado ya en un par de ocasiones para sentarse a leer apaciblemente y era el lugar que habían escogido para el encuentro. Era un lugar tranquilo y agradable donde sentarse a leer o tomarse un café con un pastelillo. Al entrar en el local se detuvo un instante para estudiar el ambiente de aquella tarde. Solamente había tres mesas ocupadas y en una de ellas ya estaban sentados Carola y su subordinado. Miguel ¿Por qué le costaba tanto decir su nombre? La mujer sonriente se puso en pie y le hizo un gesto para que se acercara. Sandra soltó el aire que estaba conteniendo y se dirigió hacia la mesa. Se fijó en que ambos llevaban un cómodo uniforme con el emblema de la cadena hotelera y una placa con sus nombre. Al llegar junto a ellos Miguel también se puso en pie y le saludó de una forma un poco más fría. Supuso que le habría caído una buena bronca a pesar de todo.

    —Comprendo que esta es una situación irregular y fuera de lo común —indicó Carola una vez se sentaron todos de nuevo. Aquella mujer no se andaba con rodeos. —Pero creo que era necesario reuniros para que no hubiese malos entendidos. Nuestro servicio tiene un prestigio y no queremos que se vean manchado por una tontería.

    ¿Una tontería? ¿El acoso es una tontería? Pensó Sandra.

    —Ya me ha contado Miguel que os conocisteis en el avión —continuó Carola— y vuestro encuentro resultó un poco accidentado por decirlo de alguna manera.

    —Quería disculparme si parecí algo grosero, pero reconozco que a veces mi sentido del humor puede ser algo irritante.

    Parecía que aquella disculpa había sido ensayada antes de su llegada. Sandra miró los ojos de Miguel, que se encontraba sentado justo enfrente de ella con Carola entre ambos ejerciendo el papel de mediadora, y le pareció ver un brillo divertido que no concordaba con sus palabras. Sigue riéndose de mí. Pensó. No podía evitar ponerse a la defensiva.

    —Miguel es un gran profesional —afirmó Carola buscando un punto más humilde que pudiera representar el carácter de su empleado. —Nos costó convencerle para que se uniera a nuestra familia. Y solo conseguimos traerle si le dejábamos ir y venir de Madrid para estar a menudo con la suya propia.

    ¿Este energúmeno tiene familia? Lo dirá por sus padres porque una pareja… Se sintió molesta pensando en eso así que decidió ir al grano también.

    —¿Y lo de la palapa cómo se explica?

    —Te aseguro que no sabía que eras tú. Mis técnicas son de lo más profesionales. Y no eres la primera persona que se duerme mientras hago mi trabajo. —Hizo una breve pausa en la que sus ojos brillaron de nuevo divertidos. —No te reconocí hasta que bueno, tuve que despertarte.

    ¿Aquel tono socarrón lo había notado solo ella o también lo habría captado Carola? Fuera como fuese ella ahora permanecía como una espectadora viendo cómo se desarrollaban los acontecimientos. Sandra estaba segura de que se refería a sus ronquitos otra vez. Pero en esta ocasión no se iba a dejar arrastrar a ese juego. Además allí delante de su jefa no iba a poder chincharla como había estado haciendo hasta el momento. Aunque ella tampoco iba a dejar pasar la ocasión de tirarle una pequeña puyita.

    —Tienes razón. Debe ser muy normal que la gente se duerma con tus técnicas como masajista. —le pareció un buen zasca y le devolvió un gesto que pretendía ser de indiferencia. —Puede que al despertar y al reconocerte del avión me dejase llevar por la mala impresión que me provocaste a primer a vista.

    Ay dios. Otro zasca. Y no me quería dejar llevar... Estoy fatal.

    —No te preocupes, es una reacción lógica.

    En ese momento un teléfono móvil sobre la mesa comenzó a vibrar. Era el de Carola.

    —Disculpadme un momento.

    La menuda mujer cogió el aparato y mientras descolgaba se levantó de la mesa para poder hablar en privado.


    —Es divertido ¿verdad?

    —¿Perdona?

   —Sí todo esto. Nuestro encuentro en el avión, volver a coincidir en el masaje. Y ahora aquí. Juntos tomando un café. ¿Quién nos lo iba a decir eh? —rio jovial.

    —¿Pero tú te estás oyendo? —Sandra estaba alucinando.

    —Sí claro. Suele pasarme cuando hablo. Me escucho, pero no me sueno igual que cuando me graban y lo oigo después.

    —Estás loco. —Sandra cruzó los brazos intentando evitar levantarse y dejarle allí plantado. ¿Dónde estaba su jeja para escuchar aquello?

    —¿Y quién no lo está? Solo vivo el momento, busco las cosas bellas de la vida y disfruto de lo que me ofrece el día a día —Dijo él de lo más relajado deslizándose un poco en su asiento.

    Sandra iba a abrir la boca para replicar, pero Miguel se adelantó.

    —Sé que empezamos con mal pie en el avión. Pero me pareció que te tomabas demasiado en serio todo y más a ti misma. —En ese instante cambió de posición y se inclinó hacia ella poniendo los codos sobre la mesa—. Creo que ahí dentro hay una persona muy divertida que quiere salir fuera.

    —Y soy muy divertida. No me conoces de nada. Y no sé quién te crees para andar juzgando a la gente. Desde que me tropecé contigo, literalmente, en la terminal no has hecho más que fastidiarme.

    —¿Te tropezaste conmigo? —preguntó extrañado.

       —Sí y me debes un café y el tinte de esta blusa. En el aeropuerto me tropecé con tus pies y ni siquiera te inmutaste. Me caí al suelo y tú despanzurrado allí como si nada.

    —Lo siento mucho no me enteré de lo que pasó, te hubiese ayudado.

    El tono de voz de Miguel cambió por completo. Ahora parecía preocupado de verdad.

    —Por eso ya me odiabas al subir al avión.

    —No te odiaba. Solo que volviste a ser un maleducado.

    —Y ahí ya me odiaste.

    Sandra guardó silencio. Quien calla otorga.

    Justo en ese momento Carola volvió a la mesa pero no se sentó.

    —Disculpadme. Era una llamada importante que estaba esperando y debo ausentarme. No sé si queréis que pospongamos esta reunión o ya vosotros… —en ese instante miró a ambos notando algo extraño en el ambiente y preguntó— ¿Va todo bien?

    —Por supuesto —dijo Miguel con aquella sonrisa suya. —Es más, acaba de pedirme que la invite a un café para compensar todos los malos entendidos. ¡Ah sí! Y el tinte de la blusa.

    Sandra se quedó boquiabierta. ¡Yo no he dicho eso! Bueno sí, pero no quería decir ESO!

    —Carol, no incumplimos ninguna norma del hotel por tomar un café a solas ¿verdad? —la voz de Miguel fue de lo más inocente.

    —¿El tinte de la blusa? —acertó a decir ella confundida exclusivamente por aquellas palabras.


continuará...

Carmen Mola vs Emma Sagen

No tenía ganas de entrar en esta polémica. Pero después de ver decenas de comentarios en las redes sobre el tema y salvando las distancias entre ambos seudónimos me veo obligado a escribir sobre ello por la parte que me toca.

    Una librería especializada en escritoras retira los libros de Carmen Mola. Es una de las bonitas iniciativas que se han tomado ante tanta maldad y mala baba. ¿A quién se le ocurre ocultarse como hombre bajo el nombre de una mujer. Y peor aún ¡Tres hombres!


    Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero eran Carmen Mola. ¿Y qué? Todo es un plan, todo es marketing. Lo que quieras ¿Qué más os da? Si te gusta el libro qué importa que lo haya escrito Pepito o María. Carmen Mola son tres personas, un libro escrito a tres manos de personas con estilos muy distintos que es lo que nos tenía que llamar la atención. Pero hoy todo el mundo se ofende por cualquier cosa. Hay mucho ofendidito como dice un colega escritor. Que sí, que históricamente ha tenido sus motivos el uso de seudónimos, sobre todo en el pasado donde las mujeres para poder opinar y publicar tenían que esconderse bajo el nombre de un hombre. Y que hoy día se siga haciendo en muchos casos por el género literario en el que se escribe ya esté dominado por hombres o mujeres.

    No sé, yo ya superé todo eso. No hablaré de lo feminista que yo pueda ser. Solo puedo decir que tuve mis motivos para publicar bajo el seudónimo de Emma Sagen. No lo voy a repetir, su historia está escrita aquí.


    Lo que sí voy a contaros es lo que pasó cuando decidí seguir nuevos caminos con Emma y revelar mi verdadero nombre. No retiraron mis libros de ninguna librería, pero sí que fui atacado por ciertos seguidores de mis novelas, sobre todo masculinos. Muchos que adoraban lo que escribía y decían que Emma era una gran escritora y con un gran futuro, a partir de ese momento se volvieron contra mi y contra ella. De repente mis novelas eran una mierda. Todavía podéis leer en Amazon la opinión de uno de esos señores sobre Perigeo Azul. Menos mal que no le dejaron publicar los insultos que profirió contra mi. Pero sí, según él ahora es un "cuentecillo mediocre".

    En el fondo todo esto me da igual, yo seguiré haciendo lo que me apetezca. Quien quiera leerme bien y quien no pues también. 

La Historia De Sandra: Tres

   
  No llevaba más que dos días de estancia y tenía la sensación de haberse metido de lleno en una burbuja que la aislaba de todo en el espacio y el tiempo. Por supuesto que no había perdido el contacto con su hermano, le había llamado en cuanto el avión tomó tierra, cuando llegó al hotel y lo había hecho de nuevo aquellos dos después de cenar y dar un paseo por el complejo. No podía evitarlo. Simón siempre estaría presente en su vida y en sus pensamientos. Pero el resto del tiempo, allí en el corazón del Caribe Mexicano y en primera línea de playa le había sido muy fácil dejarse llevar por aquella vida de esparcimiento y atenciones.


    Sandra jamás pensó que su mente podría desconectar de aquella manera. El hotel en el que se hospedaba era un complejo turístico solo para adultos y aunque en un principio creyó que iba a sentirse incómoda en un lugar como aquel no fue así. Que escogiese un destino de aquellas características no había sido porque no le gustaran los niños, todo lo contrario: le encantaban. Pero la idea era encontrarse a sí misma y eso era lo más próximo al silencio que podía encontrar en aquella latitudes. Por otra parte temía que fuera un lugar solo para parejas o grupos de jóvenes en busca de fiesta, aventuras y ligues. No obstante lo que había encontrado era exactamente lo que necesitaba: pasar desapercibida y que nadie se fijase en ella.

    Su habitación se encontraba en la primera planta del edificio principal. Tenía una bonita terraza con vistas al mar y a un precioso jardín que rodeaba todo el complejo. La primera noche, sentada allí hasta bien entrada la madrugada por culpa de la descompensación horaria, pudo ver lo que le pareció un cervatillo en el césped husmeando entre los arbustos cerca de donde ella estaba. El animal debía estar acostumbrado a los turistas ya que no se inmutó con los ruidos que provenían de algunos de los chalets cercanos. Recordaba haber visto un cartel en unos de los senderos del complejo indicando la clase de animales que podía encontrarse, ya que el hotel estaban construido como quien dice en medio de la selva. En él, entre otras cosas, advertían de que no debían darles de comer. Algunos de los que aparecían en las fotos, como el coatí y el cereque, ni siquiera los conocía, pero no creyó que fuera posible ver ninguno de esos animales realmente. Y menos aún a los asustadizos venados.


    La segunda noche, tras un día de baño en las cristalinas aguas del Caribe y de lectura en las cómodas hamacas de la playa con un margarita en la mano, que una amable camarero se encargaba de rellenar cada vez que lo veía medio vacío, cayó redonda en la cama. No vio si algún cervatillo se acercaba de nuevo al jardín pero en la playa sí que vio paseándose tranquilamente a muchos coatíes con sus graciosas y juguetonas crías. Antes de acostarse Sandra se dio cuenta de que estaba más pendiente de los animales que de las personas que le rodeaban. Sabía que centrarse en ellos era una forma inconsciente de aislarse de todo, como si temiera que alguien real y humano pudiera acercarse a ella para volver a desestabilizar su mundo. En los restaurantes y en la playa había buscado los rincones donde pasar desapercibida. Y había huido de las actividades y de los animadores del complejo. Sabía que ya no tenía que tener miedo y que no podía pasarse así todas las vacaciones, que todo había pasado y que la vida continuaba de forma normal.

    Así, al día siguiente, decidió que la mejor manera de avanzar en eso de "pensar un poco más en sí misma" tal y como le habían dicho Simón y Anita que hiciera, era exactamente eso: mimarse un poco y relajar cuerpo y mente. ¿Qué mejor que un masaje en una de las palapas junto al mar con el murmullo de las olas de fondo?

    Nunca había ido a un spa o a un masajista y menos aún a la vista de todo el mundo. Así que se sentía un poco extraña y nerviosa. Pero realmente nadie estaba pendiente de la gente que estaba en las palapas a pesar de la cercanía de las hamacas, la playa y la piscina del complejo. Le atendió una chica menuda de piel cobriza y con un marcado acento mexicano. Era muy agradable y sonriente. Se llamaba Carola. La llevó hasta una de las palapas en la que con las cortinas echadas le ayudó a prepararse y tumbarse cómodamente boca abajo en una de las camillas. Una vez lista volvió a retirar las cortinas para que pudiera disfrutar de la brisa marina y del sonido de las olas.


    Era raro estar allí medio desnuda frente al mar, pero en cuanto Carola le puso un aceite de esencias en la espalda se relajó completamente. Habían dejado de hablar. Solo sentía la brisa y los dedos de la chica deslizándose arriba y abajo relajando cada uno de sus músculos. Aquello era lo más parecido a estar flotando en el aire.

    La chica en algún momento dijo algo, pero Sandra ya casi ni escuchaba. Ronroneó suavemente a modo de contestación. Sintió cómo le ponía una piedras calientes a lo largo de la columna, desde el cuello hasta la zona lumbar, justo entre los hoyuelos de Venus. Su peso y su calor eran realmente agradables. No sabría decir cuánto tiempo estuvo así, se encontraba en ese punto que casi estás dormido donde aún eres consciente de lo que ocurre alrededor sin llegar a entrar en un duermevela.

    Se sobresaltó un poco cuando llegó otro masajista que se presentó como Manuel o Samuel. Algo así. Dijo algo sobre un masaje balinés. Sandra no cambió de postura para verle, abrió un poco los ojos pero al instante los volvió a cerrar. «Me parece perfecto» susurró. Aunque no tenía ni idea de lo que era un masaje balinés.

    En respuesta el masajista retiró las piedras de una forma delicada muy ritual y comenzó con un trabajo más intenso que el que le había realizado Carola. Sus manos eran grandes y fuertes y aunque la presión que realizaba era mayor se sentía igual de bien. Notaba cómo la envolvía completamente, cómo aquellos expertos dedos relajaban cada músculo con fricciones precisas. No pudo evitar soltar algún que otro gruñido y ronroneo de satisfacción, pero sabía que aquel hombre era un profesional y estaría más que acostumbrado a escuchar aquel tipo de cosas y no se lo tomaría de otra forma más allá como un cumplido por estar realizando un buen trabajo.

    Sandra se sentía en la gloria. Consiguió abrir un cajón en su mente y guardó allí todo lo malo ocurrido en los últimos meses. Resiliencia era su nueva palabra para usar como mantra. Se centró en lo positivo. No quería que nada lo estropease. Sus pensamientos navegaban sobre las olas arrullados por su sonido. La brisa, aquellas suaves manos recorriéndola…

    —Señorita, despierte…

La voz sonó lejana en la mente de Sandra y ella no quería salir de aquel sueño tan ¿erótico?

    —Señorita, sé que está muy a gusto disfrutando de este momento pero tengo más clientes a los que atender… —La voz sonó más cercana y había un tono jocoso que le resultó familiar.

    Sandra abrió los ojos y frente a ella a pocos centímetros de su rostro tenía a aquel tipo. ¡El maldito tipo del avión! Se incorporó de golpe sin darse cuenta de dónde estaba ni de su situación. Él dio un paso atrás, ya que faltó poco que le diera un cabezazo, y allí de pie observó que su mirada pasaba divertida de sus ojos a una parte de su cuerpo más abajo. De repente se percató de que no llevaba puesta la parte superior del bikini y se tapó con los brazos y las manos como pudo. Él estalló en carcajadas.

    —No estaba seguro si eras tú —dijo entre risas—. Pero en cuanto te he oído roncar no me ha quedado duda alguna.

    —Voy a denunciarte por acoso. Y haré que te despidan —le amenazó enfurecida—. ¡Y yo no ronco!


continuará...

La historia de Sandra: Dos


    Sandra agradeció que aquel tipo dejase el asiento de en medio vacío. No tenía ganas de tenerlo cerca, ni la intención de pelearse con él por el reposabrazos contiguo. También se alegró de que volviera a lo que parecía ser lo que mejor se le daba: Dormir. Por el rabillo del ojo vio que se puso otra vez los cascos. Cruzó los brazos sobre el pecho, un pecho que a Sandra le pareció bastante ancho bajo la sudadera, y se entregó a los brazos de Morfeo en pocos minutos. Pero no estaba tan segura de que fuese capaz de ir dormido durante todo el trayecto. Ojalá. Era un vuelo de casi diez horas…

    Pensó que lo mejor que podía hacer ella también era dormir, pero no se veía capaz en el estado de nervios que se encontraba. No podía dejar de darle vueltas a la cabeza. Nunca había hecho un viaje así sola. Siempre había ido con sus amigas o con alguna de sus efímeras parejas. Jamás había tenido una relación duradera. Y no porque hubiese tenido mala suerte en el amor, sino porque hasta aquel momento sus prioridades habían sido otras. Y la más importante su hermano.

    No podía evitar esa necesidad de estar junto su hermano, aunque él no estuviese realmente allí… Desde que sus padres fallecieron muchos años atrás no había hecho ningún viaje en el que se tuviese que ausentar más de cuatro o cinco días. Sabía que en la Fundación le cuidaban como era debido. Pero no era lo mismo. Para ellos solo era otro paciente más en coma. Ella le hablaba, le leía, le acariciaba, le ponía música…

    Ahora todo aquello le parecía muy lejano. Desde que Simón despertó meses atrás el mundo se había vuelto muy extraño y peligroso a sus ojos. Ahora su hermano sorprendentemente se encontraba bien. Demasiado bien para ella. Se había recuperado casi por completo. E incluso había iniciado una relación con su amiga Anita. Simón parecía haber encontrado en ella todo lo que necesitaba, incluso parecía haber olvidado los peligros a los que se enfrentaron juntos hacía tan poco tiempo. No podía creerlo. Más de una vez pensó que era una máscara, una forma de proteger su mente de todo lo que había vivido… tanto en el coma como en los meses posteriores. Fuera como fuese ella ahora se sentía fuera de lugar y perdida. Había pasado tantos años pendiente de él, habían pasado tantas cosas desde que despertó… y ahora ya nadie la necesitaba.

    No, eso no es cierto. Se riñó mentalmente. Todo había acabado. Sí. Y era el momento de reconstruirse y retomar sus vidas. Su hermano lo estaba haciendo. Estaba recuperando el tiempo perdido. Y por supuesto que seguía necesitándola pero de otra manera. Para él seguía siendo su hermana pequeña. Pero una hermana que había sabido cuidarse muy bien solita y lo había hecho también de él. Ahora era libre para hacer lo que quisiera, para realizar un viaje en el que iba a encontrarse a sí misma y su lugar en el mundo. Y por eso estaba allí.

    Sabía que aquellos pensamientos tan positivos no eran lo suyo. Pero tenía que convencerse de alguna manera… Su destino casi lo había escogido al azar. Aunque para ser totalmente sincera su elección se había visto influenciada por la búsqueda de sol. Odiaba el invierno en Madrid. Y los billetes a México no eran tan caros comparados con los de las Islas Canarias. Así que, ¡qué diablos! Se merecía unas vacaciones así. ¿ Y qué mejor lugar que la Riviera Maya? Lo había decidido en el último momento. Con esto volvió a sorprender a su amiga Anita. Y la verdad que casi no se pudo creer que se atreviese a hacer un viaje de tal calibre. Y sola. Pero por otra parte se alegró de ese nuevo espíritu aventurero que mostraba. Aparte, por supuesto, de que eso la dejaba una completa libertad de movimientos con su hermano Simón.

    No pudo evitar sonreír mientras miraba cómo el suelo se alejaba cada vez más hasta perderlo de vista entre las nubes. Miró de nuevo a su indeseado acompañante. La sonrisa se le borró al instante. Suspiró irritada y buscó en su bolso sus pequeños auriculares. Adventure of a lifetime de Coldplay comenzó a sonar. Le encantaba aquella canción. Parecía que la habían escrito pensando en todo lo que le había ocurrido a ella, y por eso la había puesto la primera de su lista de música.


No sabía cuánto tiempo había pasado, ni recordaba haber cerrado los ojos. Pero algo, algún movimiento, alguna sacudida del avión la había despertado. Se quitó los auriculares y miró a su alrededor. Se sobresaltó al encontrarse al tipo aquel apoyado en el reposabrazos con ambos codos girado hacia ella y mirándola fijamente.

    —Te has dormido.

    —Sí, y qué. —Sandra se removió en el asiento e intentó ignorarle mientras guardaba el teléfono y los cascos en el bolso.

    —Roncas como un caminero.

    —Yo no ronco —le contestó ofendida mirándole con los ojos abiertos como platos. ¡Cómo se atrevía!

    —Pues se han quejado casi todos los pasajeros. Hasta los de primera clase —dijo él con tono indiferente volviéndose hacia adelante.

    —Qué gracioso eres —dijo con tono irónico. Iba a ignorarle porque sabía que si le seguía dando pie no pararía de chincharla, pero no pudo evitarlo—. Yo no ronco. Habrás sido tú que por lo que he visto no sabes hacer otra cosa que dormir. Y por cierto eres un maleducado.

    —¿Me has estado observando? —enarcó una ceja mirándola otra vez con aquellos malditos ojos azules.

    —Mira. Déjame en paz. Además eres tú el que me estaba mirando cuando me he despertado.

    —Porque roncas.

    —Que no ronco.

    —Sí lo haces.

    —Vete a la mierda —dijo apretando el botón para avisar a la azafata.

    —¿Te vas a chivar? —se rio con todas las ganas.

    Sandra estaba que echaba chispas. Le atravesó con la mirada y decidió no volver a contestar. Sabía que le estaba provocando adrede. Era un maldito imbécil maleducado e infantil.

    —Venga no pasa nada. Muchas gente ronca por motivos distintos: vegetaciones, sobrepeso, alcohol, tabique nasal desviado… —enumeró levantando la voz y un dedo por cada motivo.

    —Yo no ronco. —Sandra enfatizó cada una de las sílabas en voz baja apretando los dientes. En ese momento apareció la azafata.

    —¿Necesita algo señorita? —preguntó con una gran sonrisa en los labios. Sandra respiró profundamente para calmarse.

    —Me preguntaba si habría algún otro sitio libre… —dudó un instante— junto a la ventanilla, para mí o para este señor. Da la casualidad de que los dos sufrimos un poco de claustrofobia y mirar por la ventanilla nos alivia. Si no gustosamente le habría dejado este asiento yo misma —dijo Sandra con su tono de voz más amable.

    —¿En serio te quieres librar de mi así? ¿conservando tu preciado asiento junto a la ventanilla?—se volvió a reír él.

    La azafata guardó silencio mirando expectante a la extraña pareja.

    —¿En serio me vas a estar fastidiando todo el viaje? Primero me haces tropezar y me estropeas una de mis blusas preferidas. Luego te sientas en mi sitio y ahora me dices que ronco.

    —Es que roncas. Pero no sé qué me estás contando de tu blusa.

    —¡Yo no ronco!

    —Puf… lo que tú digas —resopló apartando el flequillo que se había deslizado hasta casi taparle los ojos mientras levantaba las manos mostrando las palmas en son de paz. Tenía unas manos grandes y fuertes.

    Sandra gruñó exasperada. Se incorporó un poco del asiento y se dirigió de nuevo a la azafata.

    —Por favor, búsqueme otro asiento. No importa que no sea ventanilla.

    —No se preocupes señorita, miraré a ver —intervino la azafata por fin viendo cómo estaba el ambiente entre aquellos dos pasajeros. Levantó la cabeza y oteó el interior de la cabina buscando algún asiento libre.

    —Da igual. Ya me cambio yo de sitio. No te molestes. —El tono de voz de él cambió por completo—. Siento haberte molestado. De verdad. Solo pretendía hacer el viaje más llevadero.

    Sandra se quedó con la boca abierta. No esperaba que se disculpase y menos aún que sintiera nada.

    Se levantó del asiento y se puso de pie junto a la azafata dedicándole una mirada y una bonita sonrisa. Ella apartó los ojos nerviosa y volvió a mirar al pasaje.

    —Vaya, no hay ningún asiento libre —le miró.

    —Oh, es una tragedia… —susurró clavando los ojos en la chica—. Quizá en otro departamento haya algo, no quiero importunar más a esta señorita…

    Sandra no se podía creer lo que estaba viendo. Aquel tipo era capaz de cualquier cosa. Era un falso, un manipulador mentiroso. La azafata dudó un segundo. De alguna manera parecía que aquel caradura la había hechizado.

    —Eh…sí. Si me acompaña puede que encontremos algo juntos en Business —coqueteó ella.

    La azafata se giró y comenzó a caminar por el pasillo con las mejillas arreboladas. Antes de seguirla, él dedicó una sonrisa socarrona a Sandra y agitando la mano burlón se despidió de ella.

    Sandra volvió a sentarse haciendo ver que no le importaba en absoluto. Que se alegraba de que por fin se fuese. Y era así. Pero no sabía por qué estaba cabreada. Y mucho. Además estaba segura de que ella no roncaba. Casi segura.

Continuará...

La historia de Sandra: Uno

     Hay sucesos en la vida que te marcan para siempre. Son ese tipo de eventos que dejan marcas y heridas que no se ven, que van por dentro, que desgarran tu alma y parece que no van a cicatrizar nunca. Y aunque por fuera sigas pareciendo la misma persona nada en ti te hace sentir como tal cuando te miras al espejo. Esos acontecimientos te cambian para el resto de tu vida.

    Y Sandra había cambiado. Ya no era la misma. Su hermano Simón había despertado inesperadamente de un largo coma el septiembre pasado, y el mundo desde ese instante se volvió del revés. Lo que vivieron ella y su hermano aquellos últimos meses parecía sacado de una novela de fantasía. Pero había sido tan real como que su mejor amiga había seguido enamorada de su hermano incluso después de todos aquellos años postrado en una cama. La verdad que después de tanto tiempo jamás se lo hubiese imaginado. Su hermano y su mejor amiga. Increíble.

    Pero ni siquiera con todo eso se había atrevido a contarle a Anita todo lo que había pasado. Y jamás, desde que eran niñas, habían guardado un secreto entre ellas. De todas formas seguía teniendo miedo. Porque aunque todo había acabado seguía mirando a las sombras por lo que pudiera surgir de ellas. Nunca hablaría de aquellos días con nadie. Hasta Simón evitaba hablar de ello con ella. Fuera como fuese habían transcurrido dos meses desde que terminó toda aquella locura y su vida y la de todos parecía haber vuelto a la normalidad. Solo lo parecía.

    Ahora Sandra lo único que quería y necesitaba era escapar de sí misma. Esperaba de aquel viaje un nuevo punto de partida. Que poner kilómetros de por medio y cambiar de aires sirviese por lo menos para comprobar que podía dormir lejos de todo sin despertarse por la noche con terribles pesadillas sobre lo ocurrido.

    Caminaba por los pasillos de la terminal 2 del aeropuerto con el aplomo y la seguridad que solía mostrar siempre, pero sus pensamientos estaban sumidos en una verdadera tormenta de dudas e inquietudes. Quizá había conseguido mantener el tipo las últimas semanas, pero anunciar en la fiesta de nochevieja a todos sus amigos que se iba de viaje sola les había dejado descolocados. Aquella decisión sorprendió a Anita más que a nadie. Y no era de extrañar. Nadie la conocía como ella. Cuando su amiga le preguntó el porqué de aquella repentina decisión, tuvo que mentirle nuevamente. No sabéis lo que le dolía tener que hacer aquello. Por su seguridad. Por la de todos.

    Lo que es mentir había mentido muchas veces, especialmente cuando era adolescente, pero a su amiga jamás, a ella se lo contaba todo. Cuando estaban juntas seguían siendo aquellas niñas con ganas de divertirse y reírse a todas horas. Pero ella ya no podía reírse de la misma manera. Se había visto sobrepasada por lo ocurrido y ahora que ya había terminado todo la realidad se le echó encima. Se sentía perdida y sola. De todas maneras la jugada le había salido bien. Supo fingir que no pasaba nada y que era algo que deseaba hacer por puro placer. Y a pesar de la inquisitiva mirada que le había echado Anita aún con las uvas en la mano, las que no se había podido comer por el ataque de risa que le había dado durante las campanadas, consiguió convencerles de que su escapada tenía todo el sentido del mundo: La nueva parejita necesitaba estar a solas y ella necesitaba comenzar el año con un cambio.

    Iba dando vueltas en su cabeza a las despedidas y abrazos de los últimos momentos con la mirada puesta en su puerta de embarque, cuando de repente, tropezó con algo y cayó cuan larga era en el suelo. La pequeña maleta salió despedida y su bolso se desparramó. El café que llevaba en uno de esos frágiles vasos de cartón se aplastó en su mano y le salpicó la cara. Y no solo le manchó la chaqueta, sino también la blusa blanca que llevaba debajo. No sabía por qué pero aquella mañana se había vestido como si fuese a trabajar en lugar de irse de vacaciones. Ese era otro síntoma que pedía a gritos una desconexión del mundo total. Sandra se quedó parpadeando perpleja y sintiéndose algo ridícula, chorreando café por la cara y con la mirada de todos los que había a su alrededor sobre ella.

    —¿Se encuentra bien? —Una señora de mediana edad y su marido se habían levantado de los asientos que estaban enfrente de ella para auxiliarla.

    —Sí, sí…gracias —dijo Sandra mientras se pasaba una mano por el rostro para limpiárselo. Se incorporó un poco con ayuda del marido de la señora y se quedó de rodillas. No pudo evitar mirar hacia atrás para ver con qué había tropezado. Se encontró que unos pasos más atrás había un tipo despanzurrado en uno de los asientos, con los pies sobre una gran bolsa de viaje ocupando medio pasillo. Tenía las manos metidas en los bolsillos de la sudadera y su greñuda cabeza estaba echada hacia atrás con los ojos cerrados. Llevaba unos enormes cascos con lo que seguramente estaba escuchando música a todo trapo. Ni se había inmutado. Sandra pensó que no se podía ser más imbécil y que seguramente estuviera medio drogado. Se volvió y vio que la señora se había puesto a recoger el contenido de su bolso, que se habían esparcido por todo el suelo mientras que el hombre, visiblemente incómodo, se dirigía de nuevo a su asiento.

    —No hace falta, no se preocupe. Ya lo recojo yo.

    —No pasa nada niña, es un momento.

    La joven miró a la mujer y vio que era aquel tipo de persona que no iba a cejar en su empeño de ayudarla, así que no insistió y le dio las gracias.

    Sandra fue de las últimas personas en embarcar en el avión. Gracias a Anita, que era azafata de la compañía con la que viajaba, había conseguido embarque preferente, pero por desgracia tuvo que ir al baño de la terminal para arreglar un poco aquel estropicio. Había facturado una maleta grande con toda su ropa y en el equipaje de mano no llevaba nada más que su portátil, cargadores, el maquillaje y sus cosas de aseo. Las manchas de café no saldrían nunca de la blusa. No había cosa que le diera más rabia.

    Una de las azafatas le dio la bienvenida y le indicó dónde estaba su asiento. Se alegraba de que no fuera una de las compañeras que su amiga solía traerse cuando salían de fiesta. No se veía con ganas de dar explicaciones sobre su improvisado viaje y su pinta. Anita le había conseguido uno de los mejores asientos en turista. Que le hubiese conseguido un plaza en business class habría sido mucho pedir, no obstante cuando llegó hasta su plaza había alguien sentado en ella.

    —No me lo puedo creer.

    Allí con la cabeza pegada a la ventanilla estaba el incivilizado tipo que le había hecho caer.

    —Perdona, pero estás en mi asiento.

    Él ni se inmutó. Seguía con los auriculares puestos. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y parecía que se había vuelto a quedar dormido. ¡Pero cómo podía ser, si acababan de embarcar!

    —Perdona —repitió Sandra enfadada, y se inclinó para darle con el dedo índice repetidas veces en el hombro.

    El tipo pegó un respingo y abrió los ojos somnoliento. Miró a un lado y a otro desorientado hasta que fijó la vista en la mujer que le había despertado. Se quitó los auriculares.

    —¿Eh? ¿Ya hemos llegado?

    ¡Cómo era posible que pensase que ya había terminado el viaje! Sandra se contuvo y contestó intentando mantener la calma.

    —No. Aún no hemos despegado. Estás en mi asiento.

    Él se frotó los ojos, miró los dos asientos vacíos que había a su lado y enarcó las cejas para volver a mirar a Sandra.

    —Embarcas tarde entonces. Puedes sentarte aquí si quieres, todos los asientos son iguales —señaló justo el que estaba vacío a su lado.

    Sandra tuvo que apretar los dientes un instante y respirar para no mandar a paseo a aquel maleducado.

    —No son iguales. Mi asiento es el de la ventanilla. He embarcado a tiempo, aunque si no hubiese tropezado con... —resopló. No tenía por qué dale explicaciones—. Por favor ¿Te levantas y me dejas mi asiento? —dijo marcando suficientemente sus dos últimas palabras para que quedase claro dónde se iba a sentar.

    El tipo casi sin inmutarse miró su reloj de muñeca.

    —Pues como sigamos así vamos a despegar con retraso.

    Sandra volvió a resoplar. No entendía cómo podía haber gente como aquel tipo. Este, al ver la expresión de su cara, pareció claudicar y finalmente se levantó. Tuvo que agacharse para no darse en la cabeza e incluso se vio obligado a doblar bastante la espalda. Era muy alto. Mientras salía al pasillo Sandra se fijó más en su atuendo. Llevaba unos vaqueros bastante raídos y una sudadera gris con unas letras y un logotipo estampados. Cuando llegó a su lado para cederle su asiento Sandra dio un paso hacia atrás, pero él se volvió a acercar invadiendo su espacio. El olor que desprendía le sorprendió, pero para bien. Era una esencia vigorosa oriental, floral y especiada. Ella esperaba que un tipo como ese oliese a sudor y a porro. Miró hacia arriba y se encontró un rostro anguloso con barba de varios días. Unos ojos azules la miraban con intensidad.

    —La señorita ya puede ocupar “su” asiento —dijo pasándose la mano por el enmarañado y largo pelo.

«Gilipollas» pensó Sandra. Se apartó de él para subir su equipaje de mano al portamaletas y le apartó para ocupar su lugar junto a la ventanilla.

Tuvo la sensación de que el viaje se le iba a hacer muy largo.

La historia de Sandra: Intro


   Necesito escribir igual que respirar. 

  Como ya os dije voy a intentarlo de nuevo. Y para avanzar solo hay que dar el primer paso. Sin prisas, sin presiones. A pesar de todo lo que llevo encima. Por eso creo que retomar La historia de Sandra Salgado en este blog y darle una segunda oportunidad es una buena idea. Una historia romántica, sencilla, sin pretensiones, escrita como lo hacía antaño: Sobre la marcha, dejándome llevar por el momento y el ambiente. Es cierto que hace un año más o menos lo intenté en otro blog con esta historia, pero no fue capaz de continuarla con todo lo que me estaba pasando. Ahora la retomo de nuevo. He empezado a reescribirla para darme impulso, porque ahora siento las cosas de otra manera, pero creo que va a mantener su esencia.

  Sandra es un personaje secundario (aunque no tanto diría yo) de la novela Perigeo Rojo. No obstante para seguir su historia no hace falta haberse leído el libro. La idea es que sea un relato independiente y en un estilo, el romántico, en el que no me había movido nunca. No puedo prometer que vaya a publicar cada semana o un día determinado. Ojalá. Pero mi intención es escoger la tarde de los domingos para sentarme con ella.(Aunque llevo varias semanas diciéndolo y no he conseguido más que arañar unos minutos...) El caso es que obligarme a hacerlo sería un buen ejercicio para recuperar mi parte escritora y de paso encontrar lo que hay en el centro del corazón de la complicada y ajetreada vida que llevo viviendo los últimos años. Creo que todos necesitamos esos momentos para nosotros mismos que nos ayudan a no perder la poca cordura que nos queda y no explotar.

Así que intentaré en esas tardes de domingo (o los ratos que pueda) llevar a Sandra de la mano en su aventura y a todo el que quiera seguirla en su historia. Espero que ella me lleve a escribir otras pequeñas historias.
 
   Sí. 

   Necesito mi tiempo. Necesito escribir igual que respirar.

Pequeñas historias de Mundo Perigeo


 Vamos a intentarlo de nuevo... a pesar de que llevo semanas intentando organizar mi tiempo y no soy capaz. Pero todo empieza con un primer paso. Y con un poco de suerte ahora que comienzan las rutinas de los colegios...

 Y es que necesito volver a los orígenes de todo esto. Que Mundo Perigeo no pierda su esencia y el sentido de su existencia. Volver a escribir microrrelatos y pequeñas historias... Así es como nació el caballero de la canoa hace muchos años. Un día abrí un blog y me puse a escribir sin saber dónde acabaría su historia. 

 Ahora es algo distinto. Tengo pendiente como mínimo un Perigeo Negro, pero para llegar a él hay que calentar motores, recuperar la inocencia y dejarse llevar por el blog para que surjan nuevas aventuras y personalidades. Siempre he dicho que adoro los personajes secundarios, pienso que tienen mucho que decir y que sus pequeñas vidas son tan importantes o más que las de los propios protagonistas. 

 Por eso he decidido retomar y confeccionar unas pequeñas historias con estos personajes nacidos en Perigeo Azul y Perigeo Rojo. Historias sencillas, ese tipo de historias que no sabes dónde te llevarán.

 Intentaré que sean relatos completamente independientes y que no sea necesario haber leído las novelas para disfrutar de ellos. Pero seguramente el que haya leído los libros encontrará más lógicas ciertas reacciones por parte de alguno de los personajes. De todas formas tampoco importa mucho, casi nadie lee ya blogs y menos el mío. Poca gente va más allá de las imágenes que uno publica en Instagram. Aun así procuraré que se puedan leer sin tener en cuenta mis novelas porque sé que solo cuatro gatos han leído mis libros. Y de ellos solo dos leerán estas palabras. Pero no importa. Da igual que me lean uno, dos o ninguno. Esto al fin y al cabo es una terapia. Muchas cosas han cambiado. Pero si alguien llega a leerme espero que por lo menos disfrute de la lectura.

Mi intención es conseguir salir de este bloqueo social y literario en el que vivo. Porque para mi escribir es como respirar. Ya lo he dicho muchas otras veces. Quizá después pueda dedicar la atención debida  a esa novela pendiente que tanto significa para mi... como diría mi hermano: Sobre la marcha.


imagen: Allef Vinicius



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